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Mati ahora en la Alquimia

  • Mati
  • 30 dic 2025
  • 8 Min. de lectura

Durante años, la palabra alquimia me resultó ajena. La escuchaba como algo de magia, de conjuros y pociones en calderos humeantes, algo que no tenía relación con lo que yo hacía. Yo me dedicaba a recordar, a explicar el universo, a ser un educador de la consciencia, pero nunca me vi como un hacedor, como alguien que transforma la materia o crea algo nuevo.

Cuando empecé a viajar por el mundo con mis tareas planetarias, siempre expliqué que yo era un electricista de la consciencia. Conectaba puntos, conectaba redes, llevaba la consciencia a distintos rincones del mundo. Mi trabajo consistía en conectar lo que se había desconectado, en tender cables entre lugares olvidados, en encender luces donde había oscuridad. Era una tarea clara, comprensible, que podía explicar con facilidad.

Hasta que un día, dentro de la Gran Pirámide, Thoth apareció. Djehuti, el escriba de los dioses, el medidor del tiempo, el arquitecto de las palabras. Y me explicó todo el plan.

La Red de Redes

Ahí pude ver que mi tarea estaba relacionada con muchos niveles que aún no podía comprender. Una red de redes, tareas conectadas a la tecnología, la biología, la política, la agricultura, la educación. Eran tantas aristas, tantos hilos entrelazados, que parecía imposible lograr una sola siquiera. Cada punto que tocaba abría diez más, cada conexión revelaba cien más por hacer.

¿Cómo podía una persona abarcar tanto? ¿Cómo podía conectar mundos tan diferentes, disciplinas tan distantes, realidades tan fragmentadas?

Y entonces Thoth me dijo algo que no entendí en ese momento: "Tú en todo esto debes ser un alquimista. No el que manifiesta, sino el que toma los diferentes elementos para crear algo nuevo."

Cuando pregunté a qué se refería, me dijo que debía procesar lo que eso significaba. Que la respuesta no vendría de inmediato, que debía caminarla, vivirla, descubrirla en el tiempo.

Con el tiempo, la imagen del alquimista se fue haciendo más presente en mi consciencia. Recordé que uno de los primeros libros que había leído se llamaba El Alquimista, de Paulo Coelho. Alguien me lo había regalado cerca de mis quince años y lo leí en Ansi, Italia, el pueblo de mis ancestros, en la casa de mis ancestros. Pero ahora ese libro cobraba otro sentido que aún desconocía, como si aquellas páginas hubieran plantado una semilla que esperaba el momento justo para germinar.

La Tierra Negra

Viajé muchas veces a Egipto en mis exploraciones y misiones, recorrí templos y pirámides, escuché las historias de los sacerdotes y los dioses. Y nunca pude relacionar que alquimia viene del nombre de esa tierra. Al-Khemia. El arte de Khem. Khem, la tierra negra, el suelo fértil que el Nilo depositaba cada año sobre las orillas, ese limo oscuro y rico que hacía posible la vida en medio del desierto.

Egipto no se llamaba Egipto para sus habitantes, se llamaba Kemet, la tierra negra, la tierra de la fertilidad y la abundancia. Y la alquimia, al-Khemia, era el arte de trabajar con esa tierra negra, de crear vida donde parecía imposible, de transformar lo inerte en lo vivo.

Al comprender esto, algo hizo clic en mi memoria. Me di cuenta de que había ido toda mi infancia y adolescencia a una escuela agrotécnica, el CAR en Venado Tuerto. Mi base era la agricultura. Había pasado años aprendiendo sobre suelos, semillas, cultivos, ciclos de crecimiento. Yahora podía ver que la alquimia nació como agricultura, como el arte de crear un buen suelo negro y fértil para las semillas. Fue esto lo que me llevó a nombrar a mi fundación en Argentina como “Arsayian, sembrando una nueva humanidad” (Arsayian, lengua atlante que significa hablar al mundo, siendo las palabras las semillas de la consciencia).

Los primeros alquimistas no estaban en laboratorios oscuros transmutando metales, estaban en los campos, mezclando elementos para crear tierra fértil, observando cómo al combinar ciertos minerales con materia orgánica se generaban suelos más ricos, cómo al mezclar diferentes plantas se obtenían frutos más grandes, más nutritivos, más resistentes. Eran agricultores experimentando con modificaciones genéticas en plantas y animales, y por ende en las personas también, porque lo que comemos nos transforma, nos compone, nos define.

La alquimia entendió los ritmos naturales, los ciclos, las estaciones, las lunaciones. Todo para generar el cereal, la base de la civilización. Y de ahí la palabra ceremonia, de Ceres, la diosa del cereal y la agricultura. Cerear, crear cereal, crear el alimento sagrado. La ceremonia era originalmente el acto de honrar el ciclo del grano, de agradecer la cosecha, de compartir el alimento que sostiene la vida.

Del Cultivo a la Cultura

Toda la cultura nace de un cultivo, de un espacio que sigue los ritmos de un tiempo. La palabra cultura viene de cultivar, de trabajar la tierra, de honrar los ciclos. Y así los rituales, las ceremonias, las tradiciones, todos se relacionan con comer, con compartir alimento, con nutrirnos juntos. La cultura y la civilización emergen de este compartir y nutrir, de sentarnos juntos alrededor del fuego o la mesa para partir el pan, dividir el fruto, celebrar la abundancia.

Esto llevó a algunos a darse cuenta del poder de las plantas más allá del alimento. A descubrir que algunas curaban dolores del día a día, que otras sanaban males y enfermedades, primero físicos, pero luego emocionales y mentales. Allí es donde encontraron el poder del veneno de plantas y animales como base para la medicina humana. Entendieron que la diferencia entre veneno y medicina es la dosis, el momento, la intención. Que lo que mata en exceso, sana en medida justa.

Esta filosofía nos lleva a comprender que el ser humano es como una semilla. En su glándula pineal, esa pequeña estructura en el centro del cerebro con forma de piña, habita la semilla de consciencia. Y todo lo que pasa en nuestra vida es el proceso de crecimiento y cosecha de esa semilla.

El Proceso de la Semilla Humana

La semilla cae en la tierra oscura. La presión de las sombras y traumas actúa como suelo, como ese limo negro del Nilo que sostiene y nutre. El pasado actúa como los minerales en la tierra, esa herencia que viene en la semilla misma, el potencial interno codificado en nuestro ADN, en nuestras memorias ancestrales.

La semilla se abre para echar raíces. Va profundo al origen, al pasado, se hunde en la oscuridad para tomar impulso y crecer. Cuanto más profundas las raíces, más alto puede crecer el árbol. Las raíces son carbono, nitrógeno, fósforo, los elementos que se anclan en lo denso para extraer nutrientes de lo que fue.

Luego el tallo emerge, busca el sol, busca un estilo de vida que le permita expandirse hacia la luz. El tallo es estructura, es calcio y magnesio, es sostén y dirección. Se abre para recibir información en las hojas, esas antenas verdes que captan la luz solar y la transforman en alimento a través de la fotosíntesis. Las hojas son el diálogo entre el carbono del aire y el oxígeno que liberamos, el intercambio constante con el mundo.

Luego viene la floración, ese momento en que la planta se abre completamente, vulnerable y hermosa. Las flores invitan a los insectos, a esos seres que pueden parecer bichos molestos pero que en realidad polinizan, expanden, conectan. Los insectos llevan el polen de una flor a otra, creando diversidad genética, asegurando que la especie no se quede encerrada en sí misma. En nuestra vida, esos "bichos" son las personas y situaciones que nos incomodan, que nos desafían, que nos obligan a expandirnos más allá de nuestra zona de confort.

Y finalmente el fruto. Pero el fruto no es el final, es el contenedor de una nueva semilla. El fruto es dulce para que otros lo coman y dispersen la semilla lejos del árbol madre. El fruto es generosidad, es el acto de dar para que la vida continúe. En el fruto están todos los elementos reunidos: el carbono de la estructura, el oxígeno de la respiración, el hidrógeno del agua que lo llena de jugo, el nitrógeno de las proteínas, el fósforo de la energía, el potasio que regula su crecimiento.

Y cuando ese fruto cae y se descompone, libera una nueva semilla que iniciará el ciclo otra vez. Un ciclo que nunca termina, que solo se transforma.

El Alquimista de la Mente

Fue entonces cuando entendí que alquimia no era magia, y sin embargo los magos hacían alquimia. La diferencia es que trabajaban con elementos invisibles, con símbolos, con arquetipos, con las fuerzas sutiles que mueven la realidad antes de que se manifieste en lo denso.

Thoth me dijo algo que cambió mi comprensión: "Tú eres el alquimista cuentacuentos. No el que hace pociones, sino el que cuenta historias. Eres el alquimista de la mente."

Hay distintos tipos de alquimias, y no todos los alquimistas trabajan con lo mismo. Algunos trabajan con metales y minerales, otros con plantas y pociones, otros con el cuerpo y sus energías. En mi caso, los cuentos, las aventuras, las leyendas, las jornadas de la mente, la educación, esa era mi alquimia. Y debía perfeccionarla.

Pero un alquimista debe tocar todo para aprender luego sobre una especialidad. Por ello me dijo que debía recorrer todo el camino y practicar varios aspectos de esta alquimia. Me dijo que me inspirara en Merlín, un alquimista de la mente que construyó realidades completas a través de las historias que contaba, de las profecías que sembraba, de los símbolos que tejía.

Empecé a descubrir qué era la alquimia, sus etapas, sus procesos. La nigredo, la fase negra de la descomposición y la muerte. La albedo, la fase blanca de la purificación y la claridad. La citrinitas, la fase amarilla del amanecer de la consciencia. Y la rubedo, la fase roja de la integración y la maestría.

Pero luego Thoth me dijo algo importante, algo que se convirtió en la clave de todo mi camino: "Tu veneno es el no sé, y no saber es lo que usarás para crear tu medicina."

El Veneno del No Saber

Básicamente me dijo que debía pasar por todo lo que desconozco. Los procesos alquímicos, el conocimiento químico, la cocina, la agricultura, las pociones, la simbología, tantas cosas que no sé de alquimia. Me dijo que el NO SÉ sería la clave para mi camino, que el sin sentido sería la herramienta para crear sentido.

Y eso va en contra de todo lo que nos enseñan. Nos entrenan para saber, para tener respuestas, para demostrar conocimiento. Nos avergüenzan del no saber, nos hacen sentir que la ignorancia es debilidad. Pero Thoth me estaba diciendo lo contrario: que mi mayor fortaleza sería reconocer lo que no sé, habitar el misterio, caminar en la confusión con la certeza de que ahí está la transformación.

Así que aquí me postro ante todos en el no saber de alquimia para guiarlos en un proceso alquímico. De Ate a Atenea, de la confusión y el sinsentido o desconocimiento hacia la claridad, el sentido y la sabiduría. Ate, la diosa griega de la confusión y el error, que nos hace tropezar para que aprendamos a caminar. Atenea, la diosa de la sabiduría, que nace ya adulta y armada de la cabeza de Zeus.

Este es un proceso que haremos todos juntos. No yo como maestro que guía a sus alumnos, sino como compañeros en el camino de recordar. Porque si hay algo que la alquimia me ha enseñado es que el maestro y el aprendiz son uno, que el que enseña aprende, que el que no sabe abre el espacio para que la sabiduría emerja.

La pregunta es si me acompañarán en la aventura de no saber. Si están dispuestos a soltar las certezas, a abrazar el misterio, a convertir su veneno en medicina. Porque el proceso alquímico no es cómodo, no es fácil, no es un camino de respuestas rápidas. Es el camino de la semilla que se rompe en la oscuridad para convertirse en árbol, del metal que se funde en el fuego para convertirse en algo nuevo, de la mente que se deshace en el caos para reorganizarse en un orden superior.

¿Estamos dispuestos a ser semillas que aceptan romperse?

¿Podemos habitar el suelo oscuro de nuestro no saber sin huir hacia la falsa luz de las respuestas prestadas?

¿Nos atrevemos a echar raíces en el pasado para tomar impulso hacia el futuro?

¿Permitiremos que los bichos de la vida nos polinicen, aunque nos incomoden?

¿Aceptaremos dar fruto sabiendo que el fruto no es para nosotros sino para sembrar nuevas semillas?

Porque esto es alquimia. No la magia de transformar plomo en oro, sino la sabiduría de transformar el veneno del no saber en la medicina del recordar. Y ese proceso comienza ahora, juntos, caminando hacia la tierra negra de Kemet, hacia el suelo fértil donde todas las semillas esperan germinar.

29 comentarios


Marcelo Melendez
Marcelo Melendez
28 ene

Germinemos juntos!! Somos las semillas en expansión! <3

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lucimolinari
19 ene

Te acompaño. Te amo. Nos amo.

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aline.fdez.r
10 ene

Mi semilla está lista y acepta 💠 romperse

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ele4i
09 ene

Yo tambien estoy totalmente en una fase de No Se y voy a ser tu companera de estudios por este tiempo y espacio asta el final. Gracias milliones de veces 🙏💝👍

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lety cardenas
lety cardenas
08 ene

Estoy dispuesta, de hecho No se, y quiero recordar. Gracias con todo mi ser.


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