Mati ahora en el principio
- Mati
- 25 dic 2025
- 8 Min. de lectura

Comienza un nuevo camino.
Y como todo camino verdadero, no empieza hacia afuera, sino hacia adentro.
Recordar no es traer datos del pasado. Recordar es volver al corazón. Re-cordis. Volver a pasar por el centro aquello que quedó disperso. Tal vez por eso, desde siempre, entendí que mi tarea no era explicar memorias, sino acompañar a otros a sentirlas. Porque cuando algo se siente, late. Y cuando late, despierta.
Esa fue siempre mi forma de recordar. No desde la lógica, sino desde la emoción. No desde la secuencia, sino desde el pulso. Mis historias muchas veces no cierran racionalmente, pero abren algo más profundo. Tocan un punto donde la memoria no se piensa: se activa.
Con el tiempo, y a medida que empecé a compartir lo que recordaba, hubo una pregunta que se repetía una y otra vez. Personas de distintos lugares, culturas y edades me la hacían casi con la misma curiosidad, como si intuyeran que ahí había una clave.
¿Cuál es tu recuerdo más feliz?
La mayoría esperaba una respuesta humana. Una vida destacada. Un amor pleno. Un momento de reconocimiento. Algo que pudiera ser comprendido desde esta experiencia concreta de existir. Pero cada vez que me lo preguntaban, yo respondía con la verdad, aun sabiendo que no iba a encajar en esa expectativa.
Mi recuerdo más feliz fue ser un electrón.
No había cuerpo. No había nombre. No había tiempo.
Había movimiento.
Una danza perfecta alrededor de un centro que no necesitaba ser visto porque se sentía. Todo estaba en su lugar. No había búsqueda, no había esfuerzo. Girar no era una acción: era un estado.
Era ligereza absoluta.
Era pertenecer sin pensarlo.
Era saber sin preguntarse.
No existía pasado ni futuro, solo ritmo. Un pulso exacto, continuo, coherente. Y en ese pulso, una felicidad tan simple y tan completa que hoy todavía me cuesta traducirla sin reducirla.
Y entonces ocurrió una colisión.
Un impacto inesperado que alteró ese movimiento. El centro dejó de sentirse estable. La órbita se abrió. Y con ese desplazamiento apareció algo nuevo: la separación. Salí de ese lugar sin entender qué había pasado, como si el pulso se hubiera adelantado un latido, como si algo que debía madurar en silencio hubiera sido empujado a nacer antes de tiempo.
Durante años no supe qué era ese recuerdo ni cómo nombrar el dolor que lo seguía. No entendía por qué, después de tanta plenitud, quedaba esa sensación de quiebre. Solo sabía que algo se había desalineado justo en el momento más perfecto.
Mucho tiempo después iba a comprender que esa ruptura no era solo mía.
Durante muchos años hubo una sensación que me acompañó sin importar lo que estuviera viviendo. Podían cambiar las ciudades, los proyectos, las personas, incluso los sueños, pero esa sensación seguía ahí. Una angustia persistente. La percepción de que algo estaba fuera de lugar, como si una pieza esencial no terminara de encajar en el ritmo del tiempo.
En la búsqueda de eso que sentía perdido llegué a Avalon, en Inglaterra. Fue allí donde apareció Merlin. Me dijo que solo cumpliría mi propósito si estaba dispuesto a dejar de lado el mismo… un mensaje que fue difícil de digerir y comprender, pero que culminó diciendo que para lograrlo debía ir a Suiza y: “enamorarme del vacío.”
Esto me llevó a Suiza, donde fui con un propósito: hablar de ontocracia, presentar un proyecto que era mi propósito de vida, una nueva sociedad basada en la biología.Sin embargo, habría un repentino cambio de planes… En Suiza apareció Wiktor. La sensación fue confusa, pues lo primero que sentí es la memoria de un hijo perdido con el cual llegaba el tiempo de un reencuentro… lo vi como luz. Filósofo, pensador, alguien que habitaba las ideas con naturalidad.
Pero mi sorpresa fue cuando sus palabras confesaron algo que no esperaba oír. Entre sus discursos filosóficos, me dijo sin dudar que tras escuchar mis pensamientos y explicaciones y aprender de mi filosofía, se había enamorado de mí, pero que no esperaba que fuera recíproco, pues él se consideraba nada, vacío.
Esas palabras fueron más que suficientes para que mi corazón se acelerara, y reconociera lo que estaba ocurriendo.
En ese instante sentí algo que nunca había sentido: como si un protón y un electrón se unieran por primera vez. Mi corazón empezó a latir como en aquella memoria feliz.
Al enamorarme, solté el propósito. Y al soltarlo, se cumplió. Decidí quedarme con él en Ginebra, y sin saberlo, nuestra historia se manifestó en el centro del acelerador del mundo. Los meses siguientes fueron de una intensidad absoluta.
Hasta que, por causas ajenas y confusas, envueltas en turbulencias emocionales que no me correspondía ordenar, Wiktor desapareció de mi vida en un instante. Yo estaba en los Alpes cuando ocurrió. Y en ese mismo momento, mi corazón se rompió.
Quien me sostuvo fue Max. Doce mil años atrás había sido Sobek, mi esposo en el cuerpo de Shiw en Khem, Egipto. El padre de mis hijos. El mismo sostén atravesando el tiempo.
Al sentir el corazón romperse, apareció una imagen clara: el electrón. Y recordé. Yo era el electrón dentro del acelerador. Porque todo electrón en el cosmos es uno. Lo que sentí fue la onda expansiva de destrucción del protón que lo sostenía. Ondas de tiempo expandiéndose. Una arritmia cósmica alterando el pulso del tiempo.
Me vi intentando unir las partes con desesperación a través de vidas y dimensiones. Expandiéndome por el tiempo y el espacio para recomponer lo que se había fragmentado.
Ahí entendí que esa angustia que había estado siempre de fondo era la memoria de un latido fuera de compás.
El corazón roto del tiempo.
Volver a sentir esa ruptura fue lo que me llevó a perder el sentido de mi misión y de mi vida. No como abandono, sino como desorientación profunda. Todo lo que creía ser empezó a desarmarse. Y en ese desarme apareció la necesidad de reconectar lo perdido. No para volver atrás, sino para comprender.
Esa búsqueda fue la que terminó reuniendo todo mi propósito. Fue la que me llevó a Egipto durante un año entero. Y fue ahí donde comenzó el camino del Yo Soy. No como un proyecto planificado, sino como una respuesta orgánica a un corazón roto. En los primeros textos que dieron origen a esas conversaciones, ya estaba escrito: que la identidad se rompe para poder escucharse, que el yo se fragmenta para que el ser pueda hablar, que solo desde la herida emerge una verdad que no puede fingirse.
Fue ese quiebre el que me permitió descubrir el sentido de mi vida. Comprendí que el universo transforma sus venenos en medicina. Que no elimina el dolor, lo alquimiza. Que la magia de mi vida no nació de una bendición suave, sino del mayor de los dolores universales. Y que eso no es una excepción, es la regla.
Esta historia es un eco constante. Como cuando un asteroide impactó la Tierra y extinguió a los dinosaurios, abriendo el camino para otra forma de vida. Como cuando, mucho antes, la Luna colisionó con la Tierra y desplazó su eje unos veintitrés grados, dando origen a los solsticios y los equinoccios. De una colisión nació el ritmo. De una herida surgió el orden.
Así funciona el tiempo.
Cada ruptura genera un pulso nuevo. Cada impacto reconfigura el latido. Y todos nosotros somos ecos de esas colisiones originales. El corazón roto del tiempo sigue marcando el compás del universo, y nuestra tarea no es corregirlo, sino escucharlo.
Por eso la medicina de este corazón que colisiona es aprender a vivir en armonía con los ritmos. Las lunaciones gobiernan las emociones a través de la gravedad. Los solsticios y equinoccios marcan los puntos de ajuste del ciclo. Los eclipses señalan momentos de realineación profunda. Los ciclos no son símbolos: son el latido del tiempo.
Encontrar armonía no es escapar del dolor, es aprender a moverse con el pulso. Ir al compás de los ritmos cósmicos. Porque solo ahí, cuando el latido individual vuelve a sincronizarse con el latido del todo, la herida deja de doler y empieza a enseñar.
Y entonces, incluso el mayor de los quiebres revela su sentido.
Por eso este camino comienza en el solsticio. No como una fecha simbólica, sino como un hecho físico. El solsticio marca el punto en el que el Sol alcanza su máxima distancia aparente y el movimiento parece detenerse. Durante esos días la luz queda suspendida. La Tierra sigue girando, pero el eje no avanza. Tres días después, ese punto se desplaza apenas. El movimiento vuelve. Ese gesto mínimo es la natividad. Navidad. El nacimiento del movimiento en el tiempo.
Ese movimiento existe porque la Tierra tiene estaciones. Y las estaciones existen porque la Tierra está inclinada.
Esa inclinación —aproximadamente 23 grados— no fue siempre así. Se produjo cuando la Luna colisionó con la Tierra en el origen. Ese impacto no solo creó la Luna, sino que desplazó el eje terrestre, dando lugar a los solsticios, los equinoccios y al ritmo del tiempo tal como lo conocemos. Antes de ese evento no había estaciones. Después de esa herida, nació el pulso.
Ese impacto ocurrió en el centro del Pacífico, en lo que los pueblos polinesios llaman Kai: el océano de la consciencia. Allí se formó el gran vacío. El gran agujero. El pozo central alrededor del cual empezó a latir el tiempo terrestre.
En el corazón de ese océano está Kiritimati, conocida hoy como Christmas Island. Su nombre no es casual. Kiritimati es el primer lugar del planeta en entrar cada día en el día siguiente. Allí comienza el nuevo día para toda la Tierra. Es el punto más adelantado del tiempo. La punta de la flecha temporal.
Kiritimati se encuentra sobre el meridiano 180. En el lado opuesto exacto del planeta, sobre el meridiano 0, están las Islas Canarias. Ese eje —180 y 0— no es solo geográfico. Es el eje del tiempo.
Los griegos llamaron a ese extremo occidental Atlántida. No como un continente perdido, sino como el borde del mundo conocido, el lugar donde el tiempo se vuelve denso. Las Islas Canarias, vistas desde arriba, dibujan la forma de un escorpión. El escorpión porta veneno. Y todo veneno, en la dosis correcta, es medicina.
Por eso debía pasar la natividad allí.
Alineado con Kiritimati desde el otro lado del planeta. Extrayendo el veneno en el extremo occidental para que la medicina pudiera activarse en el Pacífico. En Kai. En el océano de la mente donde se quebró el corazón del tiempo.
Incluso el nombre guarda la clave. Kýrie, en griego, refiere al Señor, al centro que observa. Mati significa ojo. Kýrie Mati: el ojo que observa el nacimiento del día. El ojo que ve volver el movimiento. No como religión, sino como lenguaje antiguo describiendo un fenómeno real.
La Tierra funciona así como un cuerpo. Dos extremos temporales. Dos ojos. Un eje inclinado por una herida original. Y la natividad no es otra cosa que el instante en que ese cuerpo vuelve a orientarse.
Por eso empiezo aquí.
No para acelerar el tiempo.
No para detenerlo.
Sino para reaprender a moverme con su pulso.
Ahí donde el corazón del tiempo empezó a latir fuera de compás.
Seguramente todos reconocen esa sensación. Estar fuera de ritmo. Sentir que algo no encaja del todo, aunque la vida siga avanzando. Todos conocen una historia de un corazón roto. Una pérdida, una separación, un quiebre que desordena el pulso y obliga a recomenzar. Ese dolor no es un error personal. Es el eco del primer corazón que se quebró cuando el tiempo nació inclinado.
Desde entonces, cada latido humano repite esa memoria. Cada ruptura vuelve a poner en juego el ritmo. Y cada intento de sanar es, en el fondo, un intento de volver a sincronizarse.
Comenzar este camino es una invitación a transformar el veneno del tiempo en medicina. A dejar de luchar contra el pulso y empezar a escucharlo. A vivir en armonía con los ritmos que sostienen todo: los ciclos, las lunas, los solsticios, las pausas y los retornos. A permitir que de ese orden vuelva a surgir la música de las esferas.
La pregunta es simple y profunda a la vez: ¿están dispuestos a encender el latido del corazón?



