Mati ahora en el centro
- Mati
- 26 dic 2025
- 7 Min. de lectura

Cuando empezó 2025, no tuve la sensación de estar entrando en algo nuevo. Al contrario. Desde el principio, el año se presentó como algo que venía a cerrar. Solo sentía que el tiempo no empujaba hacia adelante como otras veces. Como si cada paso arrastrara algo más viejo. Como si el movimiento no estuviera abriendo caminos, sino trayendo de vuelta cosas que habían quedado pendientes.
Fue ahí cuando empezó a aparecer, una y otra vez, la misma imagen: el uróboro.
LA SERPIENTE QUE SE MUERDE LA COLA
El uróboro es un símbolo antiguo que representa el ciclo eterno: la serpiente que se muerde la cola para regenerarse. En la alquimia, este gesto muestra cómo el veneno se transforma en medicina. La serpiente devora su propia toxicidad para desprenderse de su piel vieja y crecer. Cada ciclo es muerte y renacimiento.
Cuando empezó el año, me dijeron que tenía que hacer el uróboro. No como símbolo para dibujar, sino como recorrido para anclar. El trabajo se sostenía en cuatro momentos del año —solsticios y equinoccios— y en cuatro lugares relacionados con la serpiente.
Marzo, junio, septiembre y diciembre aparecían como marcas. El tiempo estaba diciendo: aquí miras, aquí vuelves, aquí ajustas. El año dejó de sentirse lineal. Era una rueda que empezaba a girar alrededor de un centro que todavía no veía. Había una sensación persistente de que el tiempo estaba apretando. Lo que no se había dicho iba a volver. Lo que no se había cerrado iba a reaparecer.
Así aparecieron los Holi Nada.
El nombre viene de dos raíces que se cruzan: hol en inglés, que es agujero, vacío, y nada en español. Pero en sánscrito, holi es purificación y nada es sonido, vibración. El concepto entero giraba alrededor de entrar en un agujero de la nada para encontrar la frecuencia correcta. Como volver al pozo ciego debajo del venadito de mi infancia. Como asomarse al vacío para escuchar lo que resuena desde la oscuridad.
Los Holi Nada no eran festivales de música. Eran activaciones planetarias. Cuatro círculos en una cruz de tiempo. Cuatro serpientes enroscadas formando la gran rueda medicinal. Cada encuentro marcaba un cruce temporal donde había que reunir personas, lugares y frecuencias para calibrar la alquimia del ciclo.
EL PRIMER CRUCE: YUCATÁN Y LA SERPIENTE EMPLUMADA
El primer lugar que nos llamó fue Yucatán. Los cenotes aparecían como pozos abiertos en la Tierra, espacios donde el tiempo se siente hacia abajo. Ahí, la serpiente se volvió presencia clara: Quetzalcóatl, la serpiente emplumada que une cielo y tierra, caída y vuelo, impacto y transformación.
Los cenotes son la memoria del asteroide Chicxulub —la pulga— que cayó hace millones de años y destruyó a los dinosaurios. Esos agujeros oscuros guardan el recuerdo de ese momento en que el mundo cambió de rumbo. El planeta que iba a ser de reptiles y aves se convirtió en el mundo de los mamíferos. De las ratas. De los ratones.
Y Quetzalcóatl decía: los ratones son las musas de los dioses, pero también son ladrones. Mouse, musa, música: misma raíz etimológica. El ratoncito que salió de la cueva. La musa que inspira, pero también la rata que distorsiona.
Ese primer cruce trajo la tarea de calibrar la historia del humano para eliminar el concepto de la rata y recuperar el de la musa. Para volver a escuchar la música desde el agujero del origen.
EL SEGUNDO CRUCE: PAÍS VASCO Y LAS LENGUAS QUE ABREN CÓDIGOS
El segundo cruce tenía que ser en Ibiza. Pero todo empezaba a salir mal. Conflictos, permisos que no llegaban, espacios que no funcionaban. Y entonces, de golpe, lo fácil apareció donde nadie lo esperaba: el País Vasco.
Hermes empezó a hablar. Decía que la alquimia es hermética. Que hasta que no está correctamente ordenada, no se puede usar su información. El País Vasco era lo contrario de Ibiza: bosque, contención, silencio.
Y ahí el tiempo cambió de tono. Ya no era bajar al agujero, era entrar al código. La información llegó sobre las palabras, los sonidos, los códigos con los que pensamos. Decían que la mente está inscrita a través de lenguas, y que el inglés, el español, son idiomas contaminados en la conciencia. Se necesitaban lenguas muy antiguas para reabrir los códigos de la mente.
El euskera apareció como una de esas lenguas del neolítico. Una lengua que permanece viva y que, aunque no la entendamos, abre circuitos dentro de nosotros. Cuando empezaron a cantar en euskera, llegaron códigos relacionados con Ahura Mazda, con el Dios del Tiempo, con el Medio Oriente.
Las lenguas antiguas eran códigos para abrir los canales entre cielo y tierra. Los Anunnaki, los hijos de la Tierra y el Cielo, hablaban esas lenguas. Las brujas utilizaban el Abra Kedabra—"yo creo en tanto hablo"— para modificar la realidad con la palabra.
El trabajo del País Vasco fue empoderar a las brujas. A las mujeres que sabían utilizar la palabra para transformar la mente.
EL TERCER CRUCE: TROYA Y LA DIOSA DE LA CONFUSIÓN
En septiembre, el tercer giro nos llevó a Troya. Ahí apareció Ate, la diosa de la confusión, hija de Eris, la diosa de la discordia. Eris robó la manzana dorada del jardín de las Hespérides —las Islas Canarias— y la llevó a la boda de Tetis y Peleo, desatando el conflicto que terminaría en la guerra de Troya.
Pero la información no era sobre la guerra. Era sobre la confusión como fuerza activa. Ate había sido desterrada del Olimpo y llevó su veneno a Troya, envenenando el sistema de navegación de la conciencia planetaria.
El mar Egeo es el fractal del gran océano de la conciencia. Todo lo que sucede ahí condiciona el pensamiento del mundo. La lengua griega funciona como un hechizo dentro de nuestra mente, y al usarla inconscientemente le damos poder a Ate.
El veneno del gran océano de la conciencia es Ate. Y el antídoto es el no sé. No saber como empoderamiento. Soltar la certeza para recuperar la claridad.
EL CUARTO CRUCE: PATAGONIA Y LA COLA DE LA SERPIENTE
Por último, fuimos a la cola de la serpiente. Si la cabeza está en Turquía, y seguimos todas las fallas tectónicas desde los montes Zagros en Irán, pasando por el Tíbet, Siberia, Japón, las Rocosas, Centroamérica, los Andes, la serpiente termina en Patagonia.
Como la kundalini del planeta. La columna vertebral de la Tierra. Y Tierra del Fuego sería el coxis, donde se apoya todo el poder del ser. En la lengua mapuche, el poder se dice newen. Por eso fuimos a Neuquén, a empoderar la kundalini del planeta y a enderezar el coxis: la Patagonia.
Pusimos un faro. El faro es la representación del foco. Llevamos el foco a la base del cuerpo, a la cola de la serpiente, donde depositamos el veneno para transformarlo en medicina.
EL VENENO QUE ABSORBÍ
Mientras todo esto sucedía, mientras yo viajaba, convocaba, activaba, había algo más que estaba pasando. Algo que no conté porque era demasiado pesado para ponerlo en palabras.
Desde el principio del año, las cosas que sostenían mi vida comenzaron a desarmarse. Proyectos que no avanzaban. Personas que decían estar y desaparecían. Todo lo que parecía firme empezó a mostrar fisuras.
Entré en una depresión profunda. Hubo días en que quise morir. Perdí amigos. Perdí colaboradores. Hubo interferencias, ataques energéticos, exorcismos. Parte del equipo estuvo a punto de dejarlo todo. Otros lo dejaron definitivamente.
Tuve que hacerme cargo de cosas que no me correspondían. Deudas que no sabíamos que teníamos. Tuve que cerrar la fundación de Liechtenstein. Descubrí cosas que no me gustaron. Todos los recursos que entraban se iban solo a pagar deudas que otros habían generado.
Hubo conflictos con mi familia, con mis compañeros. Hasta que nos entendimos, pero el proceso fue desgarrador. Perdí la casa donde yo estaba queriendo anclar toda mi información. Tuve que vaciarme de todo.
Cuando volví a mi casa en Argentina, mi mamá había transformado mi habitación en un quincho, un espacio de comida y encuentro de amigos. Me quedé sin habitación. Volví a estar yo solo con una maleta, poniendo buena cara a todo, a pesar de que me estaba destruyendo por dentro.
Porque estaba absorbiendo todo el veneno. La confusión. El caos. La destrucción. Todo el proceso de los Holi Nada implicaba absorber el veneno para después poder hacer la medicina.
Pasé por un nigredo. Por una desintegración completa. Por una muerte alquímica que me llevó a lo más oscuro de mí mismo. Y mientras eso pasaba, tenía que seguir. Tenía que sostener.
Fue un año terriblemente oscuro. Pero nada nuevo para mí, pues yo sabía que 2025 sería así desde mis 15 años.
LA NOCHE DE NAVIDAD
La noche del 24 al 25 de diciembre me encontró solo. El cuerpo venía cansado, saturado, como si el año entero se hubiera ido acumulando sin descanso.
En un momento empecé a sentir que algo se movía por dentro. No en la cabeza, en el cuerpo. Una incomodidad profunda que fue creciendo hasta que ya no pude ignorarla. El cuerpo empezó a soltar.
Fue una purga fuerte. Física. Emocional. Mental. Como si todo lo que había ido absorbiendo durante el año encontrara de golpe una salida. El cuerpo sabía qué hacer. Yo solo estaba ahí, acompañando.
Mientras eso pasaba, algo se fue acomodando por dentro. Todo lo vivido durante el año parecía estar concentrado en ese momento. Los viajes, los encuentros, las pérdidas, el cansancio, la soledad. Todo junto. Todo pasando por el cuerpo.
Después vino el alivio. Un alivio que se fue instalando poco a poco, como cuando termina una fiebre larga y el cuerpo empieza a respirar distinto.
Me quedé sentado un rato largo. En silencio. Sintiendo el peso que ya no estaba. La urgencia había desaparecido. El ruido interno se había apagado.
Ahí entendí que el ciclo se había cerrado. Que el año había terminado su trabajo. Que el uróboro se había completado. Que la serpiente había mordido su cola y se había regenerado.
El veneno se había convertido en medicina.
2025 fue una práctica oscura. Fue el año de aprender que los Holi Nada no eran festivales de música, sino algo mucho más intenso. Fue el año de entender que para hacer alquimia hay que atravesar el nigredo. Que para transformar el veneno en medicina hay que absorberlo primero.
Todo lo que pasó dio el veneno necesario para comprender la tarea alquímica que tenemos ahora. Todo el dolor, toda la destrucción, toda la confusión, no fueron errores. Fueron el material. La materia prima. El plomo que se transforma en oro.
Ahora el ciclo se abre otra vez. El uróboro se ha completado y vuelve a empezar. La serpiente se ha regenerado y su piel nueva brilla bajo la luz del solsticio.
Y desde aquí lanzo la pregunta que late en el centro de todo esto:
¿Están dispuestos a hacer lo mismo?
¿Están dispuestos a atravesar el veneno del tiempo para llegar a la medicina eterna?
¿Están dispuestos a entrar en el agujero, a mirar la oscuridad, a absorber la confusión, a sostener el caos, a desintegrarse, a morir, a regenerarse?
¿Están dispuestos a jugar el juego de la serpiente que se muerde la cola?
Porque si lo están, aquí estamos. El círculo está completo. El faro está encendido. La medicina está lista.
Y el nuevo ciclo acaba de empezar.



